

Y si logra con éxito transitar por la ruta crítica del primer año, su supervivencia puede extenderse hasta los diez años, luego solo dos condiciones pueden salvarla de la extinción: un buen plan de relevo y tecnología. Dos ingredientes de los que carecen el noventa por ciento de los más de siete mil panificadores que existen en el país, entre pequeños, medianos y grandes.
Esta es una de las razones por las que, según datos de la Cámara Nicaragüense del Pan, en la última década han “muerto” unas 40 pequeñas panificadoras, 20 medianas, y entre tres y cinco grandes, o sea un poco más de sesenta empresas de este tipo. Pero no todos los planes de negocios relacionados con el pan están condenados a morir.
A excepción de otros emprendedores, hace 15 años Rita Reyes y su esposo Roberto Vargas decidieron reescribir la trágica historia de la industria panificadora en Nicaragua, sin imaginar que la receta que incorporaron a su inicial plan de negocio serían tan perfecta que no solo les iba a permitir crecer a paso agigantado sino también que hoy están a punto de pisar tierras foráneas con sus productos elaborados a base de harina.